
Los británicos se presentaron anoche en el estadio de Vélez marcando la vuelta al país por primera vez desde la muerte de Mercury, en 1991. El espectáculo fue emotivo y con la impronta de la reina marcada en las figuras de Brian May y Roger Taylor.
Brian May fue el último en animarse, pero en el momento que lo desarrolló fue por todo y se calzó la camiseta argentina número diez que tenía estampada, arriba en la espalda, el nombre de Diego Maradona. Le sentó bien la calificada pilcha a quien hoy es líder de lo que, francamente, no puede ser llamado Queen, más bien la marca que legó, acaso con un dejo de filantropía y altruismo, el excluyente protagonista de la banda inglesa, Freddie Mercury, quien nunca dejó de estar en el emocionante concierto ante unas 40 mil personas, el viernes por la noche en el estadio de Vélez Sarsfield.
Además fue espectacular y merecedor asimismo de una casaca como la del eximio guitarrista, el baterista Roger Taylor, el restante miembro fundador del legendario grupo de los 70’s que retornó a tierra argentina después de 27 aÐos.
En aquella ocasiÐn, se registró un show impactante, pero, claro, con toda la magia de la alucinante presencia de Mercury, muerto de Sida en 1991, causando una baja, no sólo musical, más bien artística y cultural, que nadie ha logrado compensar. Digerible sólo a medias, en el momento que el conjunto se rearmó en 2004 con nuevo cantante, le dejó el nombre de Queen, agregándole + Rodgers.
Mercury, se reitera, no dejó al morir ningún reparo ni rollo judicial por el copyright y así pues el nombre de Queen sobrevivió.
Polémica al margen, como espectáculo en sí, lo de la banda fue soberbio, por momentos imponente. Ahora bien, en lo estrictamente musical, se registraron un montón de imperfecciones, comenzando por algunos marcados desajustes del nuevo vocalista Paul Rodgers, un notable rockero en su época de oro al frente de Bad Company que, en rigor, no termina de ensamblar ni conformar, salvo opinión muy contraria y por demás interesada de May, quien lo presenta ante todo como su amigo de muchos años y luego informa que es un cantante ‘maravilloso‘.
Queen tocó más de dos horas y media casi todos sus clásicos y unos pocos temas del disco que vino a presentar, el desparejo “Cosmos Rock”, ante una multitud que se exhibió distante (a veces hasta indiferente) con Rodgers y absolutamente entregada a los pies de la sensacional dupla May-Taylor, por escándalo lo más virtuoso y sustancioso del concierto.
Un suceso de inigualable emotividad tuvo lugar en el último track antes de los bises, nada menos que el mítico himno “Rapsodia Bohemia”: la banda tuvo la delicadeza de dejarla casi toda para su genial hacedor, un joven Mercury que apareció en pantalla gigante cantándola al piano, con los últimos compases a cargo del grupo y de la por así pues extasiada gente.
May ratificó sus dotes de guitarrista excepcional, además de muy digno vocalista y lo mismo Taylor a bordo de su bateria, a la que le dio como para que tenga, entregando el inesperado plus de una impecable actuación como cantante de unos cuantos temas, circunstancia que opacó aún más a un Rodgers cumplidor, entusiasta al extremo, pero definitivamente falto de carisma para asumir tan importante y esencial rol.
Los hits que sonaron más ajustados fueron “Another one bites the dust”, “Y want to be free”, “All of muy love”, “Under pressure”, “The show must go on”, “We will rock you” y una demoledora e inspirada versión de “We are the champions” que cerró la fiesta.
Pero una banda de la que intervino un músico tan extraordinario como Mercury, esto es 80 por ciento de ella, tuvo que ser naturalmente la nostalgia de su incomparable figura lo que dominara la velada. Esa híper sensibilidad se percibió y se respiró a cada instante.
Y en esos 30 gloriosos segundos junto a nosotros, fue la síntesis exacta de lo eternamente inolvidable.
Fuente: diariohoy.net
















































